MENSAJE DEL DÍA 3 DE JUNIO DE 1995, PRIMER SÁBADO
DE MES,
EN PRADO NUEVO DE EL ESCORIAL
(MADRID)
EL
SEÑOR:
Hijos míos, aquí estoy
una vez más, ofreciendo a los hombres fuentes de salvación. Yo ofrezco a los
hombres que vengan a beber del agua de esta fuente de vida eterna, y los hombres
no hacen caso. Yo me ofrezco como amigo y me rechazan; les enseño mi palabra y
mis leyes, y se hacen los sordos, hija mía; me quedo como alimento de sus almas
para alcanzar la vida eterna, y alimentan sus almas de pasiones, de gustos, de
placeres y vicios. ¿Hasta dónde, hija mía, han llegado los hombres? Ya lo he
repetido que los pecados de los hombres han traspasado la bóveda del cielo. Yo
les ofrezco mi voz y no quieren escucharme. Os he ofrecido mi Madre para vuestra
salvación, hijos míos, y grito fuertemente que mi Madre os ama con todo su
corazón.
LA
VIRGEN:
Sí, hijos míos, os amo
con todo mi Corazón Inmaculado. Parece que todo está perdido, porque Satanás
tiene abierto el abismo, pero yo lucharé, hijos míos, lucharé porque sois obra
de Dios y fuisteis redimidos con su Sangre. No permitiré que Satanás os
arrastre, hijos míos. Uníos a esta Obra, hijos míos, que os enseñaré a que
vuestros corazones sean generosos y sacaré fruto de ellos para vuestra propia
salvación. Haced caso, hijos míos, de las palabras de mi Hijo; cumplid sus leyes
y, sobre todo, la ley del amor, hijos míos, esa ley tan importante: amarás a tu
Dios y al prójimo como a ti mismo. Los hombres, hijos míos, tenéis la conciencia
dormida y también vuestra fe está empobrecida. Sacad vuestra fe, hijos míos, y
sed fuertes y bebed de las fuentes que Dios ha puesto para vuestra
salvación.
Os pido austeridad, y
muchas veces os lo he pedido, hijos míos, y vosotros vivís en comunidad... Los
que vivís en comunidad seguid, hijos míos, el Evangelio, para aquéllos que se
acerquen a vosotros aprendan la austeridad y lo que vosotros habéis dejado para
la salvación de vuestras propias almas. Yo pido a los hombres que sean austeros
y ellos viven en las comodidades; derrochan el dinero en gustos y en placeres,
sin acordarse de los que pasan hambre, de los necesitados. ¡Ay, hijos míos,
cumplid las bienaventuranzas! Bienaventurados los pobres, porque ellos serán
hartos, y bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.
Hijos míos, os pido que renunciéis a vuestra propia vida de gustos y de
placeres. Imitad a Cristo, hijos míos, Él os dio ejemplo y os lo dejó para que
vosotros lo practicarais, hijos míos.
¿Hasta cuándo nuestros
Corazones tienen que estar sufriendo por la ingratitud de los hombres? Pedid por
los sacerdotes; si los sacerdotes fuesen santos y viviesen una vida de santidad,
¡cuántas almas salvarían!, pues mi Hijo les dio poder para hacer y deshacer.
Pido que los sacerdotes estén en su puesto al servicio de las almas, día y
noche. El sacerdote es hombre de Dios, no es hombre del mundo y tiene que
ocuparse del rebaño que Dios le ha encomendado, que son las almas. Vosotros
respetadlos, hijos míos, que ellos, si no cumplen, serán
juzgados.
¡Cuántas almas
salvarían con su ejemplo de santidad! Pero también arrastran muchas almas con su
mal ejemplo al abismo, hijos míos. Pedid por ellos, que sean hombres de Dios y
se dediquen por todo el mundo a predicar el Evangelio, para que resurja y
resucite la fe en los corazones. Pedid por las almas consagradas que se
consagraron para Dios, y ¡cuántos conventos están más en el mundo que orando y
pensando en la salvación de las almas! ¡Pobres almas! ¡Si muchos se avergüenzan
hasta de un distintivo que los distingue como hombres de Dios! Más parecen
hombres mundanos que sacerdotes y almas consagradas. Se avergüenzan de esa
vestidura que es sagrada y que un día fueron revestidos con ella; la han
arrinconado y viven, hija mía, como cualquier hombre, sin importarles aquella
vestidura. ¡Cuánto agrada a mi Corazón ver a un sacerdote vestido con el
distintivo de sacerdote y a un alma consagrada con su vestidura! Muchos se
avergüenzan de ella. ¡Qué pena, hija mía, avergonzarse de una vestidura tan
hermosa como la que, en el día que renunciaron al mundo, cubrió todo su cuerpo!
El mundo se arreglaría si los religiosos y religiosas estuviesen orando y
sacrificándose por los pecadores —en muchos conventos no hay más que tibieza—, y
si los sacerdotes, en vez de dedicarse a las cosas del mundo, se dedicasen al
rebaño de Cristo, a la salvación de las almas. El sacerdote es como el médico,
tiene que estar pendiente, día y noche, de las almas. Pedid por ellos, hijos
míos. Y vosotros, aquéllos que habéis dejado todas las cosas, vuestras haciendas
y vuestro dinero, para los pobres, Dios os dará ciento por uno. ¡Qué pocos
quieren seguir este camino, hijos míos! ¡Cuánto les cuesta renunciar! ¡Cuántos
se pierden la eternidad por gustos y caprichos y vanidades del mundo! Sed
fuertes, hijos míos, los que estáis dentro y los que están fuera; orad, haced
penitencia y haced oración por los pobres pecadores.
Besa el suelo, hija
mía, en reparación de tantos pecados como se cometen a mi Inmaculado Corazón...
Y tú, hija mía, transmite a las almas que si no cumplen con los mandamientos de
la Ley de Dios, no se salvarán. Transmíteles el amor; ése es el mandamiento más
importante: que compartan con los que necesitan. Hay muchas almas necesitadas,
hijos míos, acordaos de ellas.
Levantad todos los
objetos; todos serán bendecidos con bendiciones especiales para los pobres
pecadores...
LUZ
AMPARO:
(Elevando un rosario
con su mano). Bésalo, Madre mía.
LA
VIRGEN:
Os bendigo, hijos míos,
como el Padre os bendice por medio del Hijo y con el Espíritu
Santo.