MENSAJE DEL DÍA 18 DE NOVIEMBRE DE
1984[1]
EN PRADO NUEVO DE EL ESCORIAL
(MADRID)
LA VIRGEN:
Quieta, hija mía, no te
levantes... Sólo vengo a decirte,
hija mía, a recordarte: sacrificio, sacrificio y penitencia, hijos míos.
EL
SEÑOR:
Luz, hija mía, ¿me
sigues amando?
LUZ
AMPARO:
Mucho, Señor, ¡mucho,
mucho!
EL
SEÑOR:
Más que yo a ti no,
hija mía. Mi amor nadie puede igualarlo, hija mía. Si supiesen las almas, hija
mía, las almas, el amor que mi Corazón tiene por ellas, no serían capaces de
ofenderme. Ni tú misma comprendes ese amor.
Refúgiate en mi Corazón. Mi Corazón está hueco,
hija mía, hueco para todo aquél que quiera refugiarse en él. Pero mira cómo está
cercado de espinas por las almas ingratas que no quieren amar a mi
Corazón.
Hija mía, yo te prometo
que todo aquél que ame a este Corazón no se condenará, hija mía; lo preservaré
de las penas del Infierno.
Mira mi Corazón cómo
derrama gracias. Esos rayos de luz que salen de él son las gracias que derrama,
hija mía. Esa luz se esparce sobre todas las almas que están aquí presentes... Ninguna, ningún alma de las aquí
presentes han dejado de percibir mi gracia, hija mía —¡más oportunidad!—... ¿Qué
quiere el ser humano para salvarse, hija mía? Di mi vida, derramé mi Sangre por
todos ellos, y siguen cada vez peor, hija mía. ¿Por qué está el mundo así? Por
los pecados de los hombres. Y a cada uno se le dará según sus obras, hija
mía.
Presentaos ante el
Padre con las manos llenas; no con las manos vacías. Todo aquél que reciba estas
gracias, será gratificado, pero a muy alto precio, hija
mía.
Amaos los unos a los
otros como yo os amé, hijos míos. Yo derramé el amor por toda la Tierra, para
que todos estuvieseis unidos. ¿Qué habéis hecho de ese amor?: guerra,
discordia... Ya te dije que los padres contra los hijos, la suegra contra la
nuera y la nuera contra la suegra, hermano contra hermano; todo esto está
sucediendo, hija mía. Y cuando esto aconteciese, se aproximaría el fin de los
fines.
La oración y el
sacrificio salvan al alma, hija mía. Y vosotros..., vosotros, hijos míos, tenéis
un pacto conmigo. Id por todos los rincones a publicar la palabra de Cristo:
¡los Evangelios! ¡Los Evangelios, hijos míos! Todos aquéllos que sigan el camino
de los Evangelios se salvarán. Pero, ¡ay de aquél que cierre sus oídos a estas
palabras!, más le valiera no haber nacido, hija mía; que a su cuello se colgase
una rueda de molino y se arrojase al mar.
No leen bien; ningún
bien para el alma... (Habla en idioma
extraño). La fecha del Castigo es ésta, hija mía... (Vuelve a hablar en idioma desconocido unas
palabras). Pero, si estáis con Cristo, ¿a quién podéis temer, hijos
míos?
Quiero que seáis
pobres, humildes, hijos míos, y sacrificados. Bienaventurados los pobres, porque
de ellos es el Reino de los Cielos.
Amaos, hijos míos,
amaos unos a otros. Rezad mucho por los pastores de la
Iglesia.
Os voy a dar mi santa
bendición: yo os bendigo, hijos míos, como el Padre os bendice por medio del
Hijo y con el Espíritu Santo.
LA VIRGEN:
Recibid mi santa
bendición, hijos míos; hija mía, y sé humilde, muy humilde. Y ama a tus
enemigos, pues ellos son los que te están sembrando el camino de la morada, hija
mía; con sus mentiras y con sus calumnias te están labrando el camino. Busca la
humillación, hija mía; piensa que a mi Hijo lo humillaban y lo maltrataron; le
llamaron “el vagabundo”. Y ¡cuántas veces te voy a decir que no es más el
discípulo que su maestro!
Ámanos mucho, hija mía,
ama nuestros Corazones y refúgiate en ellos, porque ellos serán los que no te
fallen, hija mía. Todo el ser humano falla, pero nuestros Corazones no
fallan.
Levantad todos los
objetos, hijos míos... Todos han sido
bendecidos, hija mía; tienen gracias especiales. Que muchas de estas gracias ya
se han derramado sobre muchas almas, hija mía.
Os bendigo, hijos míos,
como el Padre os bendice por medio del Hijo y con el Espíritu
Santo.
Adiós, hijos míos.
¡Adiós!