MENSAJE DEL DÍA 1 DE SEPTIEMBRE DE 1984, PRIMER
SÁBADO DE MES,
EN PRADO NUEVO DE EL ESCORIAL
(MADRID)
LA VIRGEN:
Voy a dar mi santa
bendición, hija mía, como he prometido; después se quedará mi Hijo
contigo.
Yo os bendigo, hijos
míos, como el Padre os bendice por medio del Hijo y con el Espíritu
Santo.
EL SEÑOR:
Hija mía, que no te
invada la tristeza, refúgiate en mi Corazón; mi Corazón está abierto para que te
refugies en él. Aunque estás llena de miserias y de faltas, hija mía, te dejo un
hueco en mi Corazón; ya sabes que escojo víctimas y quiero almas víctimas para
salvar por lo menos la tercera parte de la Humanidad.
¡Cuántas veces te he
dicho que nunca digas: “No puedo más”; no abandones el tesoro de la cruz; cógela
sobre tus hombros y tenla unos segundos...
(Luz Amparo, por sus
quejidos, da la impresión de soportar una carga muy
pesada).
Descárgatela, he dicho
sólo unos segundos...
Esto es el tesoro de la
cruz, hija mía; con la cruz podrás llegar muy alto, pero sin la cruz no
conseguirás las moradas, hija mía.
La tristeza que te
invade, deséchala, no pierdas el tiempo en esa tristeza. Mientras estás pensando
en invadirte con esa tristeza, no piensas en mí, hija mía; no quiero que me
robes ni un minuto de tiempo.
Ahora, para que seas
humilde, en acto de humildad, besa el suelo, hija mía... En acto de humildad.
Quiero que seas humilde, para poder terminar de pulirte, hija
mía.
LUZ
AMPARO:
Déjame que toque el
pie...
LA
VIRGEN:
Cuando estés triste, implora a mi Corazón, y mi
Corazón te refugiará.
LUZ
AMPARO:
Ayúdame...,
ayúdame...
EL
SEÑOR:
¿Cómo voy a abandonar a
un alma que he escogido para víctima?; antes me abandonarás tú, hija mía; pero
yo nunca te abandonaré...
Te quiero más enferma
todavía, como víctima para la salvación de las almas. ¿De qué te iba a servir,
hija mía —ya he dicho muchas veces—, de tenerlo todo, si vas a perder tu
alma?
No me abandones, hija
mía. Si te calumnian, ofrécete mí; a mí me calumniaron, y tú no eres más que
yo.
LUZ
AMPARO:
Yo quiero ser como Tú
quieras, pero ayúdame; se ríen de mí.
EL
SEÑOR:
De mí se rieron, hija
mía, y hasta mis discípulos me abandonaron. Quiero que seas humilde, y deja la
soberbia, hija mía. Yo no te daré más de lo que puedas. Ofrécete como víctima
que te escogí; tú dijiste que sí, hija mía. Yo nunca cojo víctimas sin que ellas
digan sí al sufrimiento.
Vuelve a besar el suelo
por la salvación de las almas, hija mía...
Te quiero humilde, para
terminar de pulir tu cuerpo.
Voy a dar mi santa
bendición.
Os bendigo, hijos míos,
como el Padre os bendice por medio del Hijo y con el Espíritu
Santo.
Hoy voy a bendecir yo
todos los objetos.
¡Qué satisfacción
siente mi Corazón de ver que miles de almas están en este
lugar!
Levantad todos los
objetos...
LUZ
AMPARO:
¡No te vayas! ¡No te
vayas!
EL SEÑOR:
Adiós, hijos míos.
¡Adiós!