MENSAJE DEL DÍA 7 DE JULIO DE 1984, PRIMER SÁBADO
DE MES,
EN PRADO NUEVO DE EL ESCORIAL
(MADRID)
LA
VIRGEN:
Que nadie, hija mía, te quite la paz; nadie. Piensa que tu camino es corto; pero este poco camino que te queda tienes que ayudar a salvar muchas almas. Te aborrecen los del mundo, hija mía, porque no eres del mundo. A mi Hijo le aborrecían por ir publicando la doctrina de Cristo. Por eso te aborrecen, hija mía, los del mundo; lo llevan ellos mismos y se meten en los placeres del mundo para disfrutarlos.
Piensan también que tú
no puedes escogerse por Cristo[1]. Si Cristo te ha escogido entre
ellos, no es ni por santa ni por buena, hija mía; fue por gran pecadora, porque
los grandes santos fueron los grandes pecadores, hija mía. Por eso te persiguen,
hija mía, porque las cosas de Cristo hacen mucho “mal” a la Humanidad[2].
Tienes que ser humilde,
hija mía, y aceptar todo lo que yo te mande. Dichosos aquéllos que son
calumniados por el nombre de Cristo, hija mía. Tú, hija mía, tienes que guardar
silencio, aunque te calumnien y aunque te llamen bruja, hija mía. Tú que has
visto, de paso en paso, la Pasión de Cristo y has visto que en ningún momento
sus labios se abrieron para protestar; sólo se abrieron, hija mía, para pedir
perdón al Padre Eterno por ellos. Dichoso aquél que sea calumniado por nuestros
nombres, hija mía, porque ellos entrarán en el Reino del Cielo. Piensa que a mi
Hijo le calumniaron y no es más el siervo que el Maestro. Con sacrificio, hija
mía, y con humildad vencerás al enemigo. El enemigo quiere quitarte la paz, para
destruir la Obra de Dios. Pide, hija mía, pide... (palabras en lengua extraña), porque ahí tienes tu prueba, hija mía,
en tu propia... (de nuevo habla en lengua
extraña).
Ya sabes que amar a tus
enemigos es muy grande, hija mía, pero que nadie se interponga en tu camino para
salvar un alma. Sigue adelante, hija mía, sigue adelante con la Cruz. Es muy
pesada la Cruz de Cristo, hija mía; pero es de la única forma en que se puede
conseguir la Gloria. El que coge la cruz y sigue a Cristo, ése puede alcanzar la
Gloria. ¡Y bienaventurados los que son calumniados, porque ellos tendrán un
eslabón más para subir al Cielo! ¡Cuántos, cuántos, hija mía, cuántos hay aquí
presentes que en su vida han rezado ni un avemaría, hija mía! Pide por ellos;
pide que se conviertan. Que piensen que tienen un alma y que el cuerpo no les va
a servir ni para estiércol. Y tú, hija mía, con el silencio..., el silencio es
muy grande; tiene una gran virtud el poderse callar cuando te calumnian. Porque
a mi Hijo le llamaban “el endemoniado”, “el vagabundo”, porque iba de pueblo en
pueblo publicando el Evangelio.
Los humanos son
crueles, hija mía; se llaman humanos, pero son muy poco humanos, hija
mía.
Besa el suelo, hija
mía, en reparación de todos los pecados del mundo... Por todos los pecadores del mundo,
hija mía. Pide por esas almas que rechazan mis gracias —¡pobres almas!—; piensan
que el tiempo está lejos; y el tiempo se aproxima y no cambian, hija mía. No
asusto a la Humanidad, sólo aviso para que se conviertan. Hijos míos: sacrificio
y penitencia. Vas a besar el suelo por las almas consagradas; pero antes, hija
mía, vas a beber unas gotas del cáliz del dolor... Está muy amargo, hija mía. Es lo último
que queda del cáliz del dolor; sólo quedan unas gotas, hija mía. Estad
preparados, hijos míos, que cuando el cáliz se acabe, se levantará nación contra
nación y habrá grandes castigos que azotarán a la Humanidad. Estad alerta, hijos
míos; no creáis que vuestra Madre os quiere asustar; os doy avisos para que os
convirtáis, hijos míos. Y tú, hija mía, sé humilde, que el camino está corto
para llegar al Cielo, si eres fuerte para poder llegar este trozo de
camino.
LUZ
AMPARO:
¡Ay...! ¡Ay, qué
poco!
LA
VIRGEN:
¿Ves cómo siempre se
llega al final, hija mía? Sólo te falta este trecho. Si lo pasas, hija mía,
conseguirás recibir la gloria eterna para toda la eternidad; como la condenación
es para toda la eternidad.
Confesad vuestras culpas, hijos míos; poneos
a bien con Dios, que el tiempo se aproxima y vuestras almas están en pecado. Tú,
hija mía, sigue haciendo sacrificio y penitencia...
(Luz Amparo se
lamenta durante unos instantes entre lágrimas).
Esto será terrible,
hija mía; serán derrumbados por artefactos atómicos. Pide mucho, hija mía, para
que se conviertan muchas almas para, cuando llegue este momento, estén a la
derecha del Padre. Dios es misericordioso y lleno de amor; pero pensad que es
juez y todos los jueces darán su sentencia al reo. Pero este juez es muy severo.
Tú, hija mía, coge la cruz y sigue a Cristo, pero cuida este camino que te
queda; es poco, hija mía, pero muy lleno de espinas.
No creáis, hijos míos,
que todos los que estáis disfrutando de los placeres del mundo vais a conseguir
subir al Cielo a disfrutar también de la Gloria. Hay que imitar a Cristo para
llegar al Cielo, y seguir los Evangelios, sus Santos
Evangelios.
Y todos aquéllos que
tengáis dos túnicas: repartid una a vuestro hermano, hijos míos; que Cristo iba
de pueblo en pueblo sin túnica de repuesto.
LUZ AMPARO:
¡Ay, ay, ay...! (Se queja con
profunda pena. Palabras ininteligibles). ¡Ay...!
LA
VIRGEN:
Este tormento es el que
sentirán los cuerpos ese día tan terrible.
LUZ AMPARO:
¡Ay..., Dios mío,
perdónalos!; aunque se rían, pero no los... ¡pobrecitos! Madre mía, Tú que eres
tan buena, perdónalos a todos.
LA VIRGEN:
Todos aquéllos que
cumplan con los diez mandamientos de la Ley de Dios, se salvarán, hija
mía.
LUZ AMPARO:
¡Ay! Pero muchos es que
no lo saben.
LA VIRGEN:
No condeno a los
ignorantes, hija mía, sino a los que me conocen y me
desprecian.
LUZ AMPARO:
¡Perdónalos! ¡Ay!, yo,
si quieres, el tiempo que me queda, hago lo que sea; pero Tú perdona a todos los
que hay aquí, ¿eh? Dales una gracia para que se confiesen.
LA VIRGEN:
Muchos rechazan mi
gracia; hija mía.
LUZ AMPARO:
Pero, ¡pobrecitos!...
(Palabra ininteligible). Séllalos a todos y, así, les das la gracia.
¡Anda! Sella a los que no están sellados. ¡Anda, Madre mía! Hazlo, Tú que eres
tan buena, séllalos. ¡Ay, ay, ay!, está el ángel con el sello, ¡ay! Los va a
sellar a todos... ¡Ay!
LA VIRGEN:
Muchos sentirán en su
frente la marca.
LUZ AMPARO:
¡Ay...! ¡Ay, ay, qué
alegría! ¡Ay! ¡Ay, sella a éste que está en medio!... ¡Ah...! ¡Ay, gracias,
Madre, gracias! Y al que no quiera salvarse...; pero Tú los has sellado a todos.
¡Ay, qué alegría! ¡Ay...! Voy a besar el suelo, porque de la alegría que me
da... ¡Ay, Madre!... ¡Ah, qué feliz soy! ¡Ay!, aunque no quieran recibir tu
gracia, pero están sellados.
¡Ay! ¡Ay! Gracias,
Madre mía. ¡Gracias! A los de detrás también los he visto. ¡Ay, qué alegría!
¡Ay, Madre!, ayúdanos a ser buenos. ¡Ay!, porque Tú no sabes lo duro que es
estar aquí. Aunque quiera ser buena, no puede ser. ¡Ay, Madre! ¡Ay! Déjame que
te toque el pie; ¡ay!, sólo un poquito. ¡Ay...! ¡Ay, gracias, gracias, Madre
mía! Y los que se ríen, pues perdónalos también. ¡Ay!, yo los quiero a
todos.
LA
VIRGEN:
Hija mía, el hablar de
Cristo...; hay muchos enemigos.
LUZ AMPARO:
Bueno, pero no importa;
yo los quiero a todos. ¡Ay!, Tú también. ¡Ay!, ¿vas a bendecir los objetos?
¡Ay!
LA
VIRGEN:
Levantad todos los
objetos... Todos han sido bendecidos.
Hija mía: sé humilde, y
silencio te pido, hija mía. El silencio es muy importante.
LUZ AMPARO:
¡Ay!, pues ya me voy a
callar para todo. ¡Ah...! ¡Ay!, danos la bendición.
LA
VIRGEN:
Os bendigo, hijos míos,
como el Padre os bendice por medio del Hijo y con el Espíritu
Santo.
Adiós, hijos míos.
¡Adiós!