MENSAJE DEL DÍA 25 DE DICIEMBRE DE 1982, LA NATIVIDAD DEL SEÑOR,
EN PRADO NUEVO DE EL ESCORIAL (MADRID)
LA
VIRGEN:
Quiero, hija mía, que se hagan vigilias, hija mía, en reparación de tantos pecados como se cometen en tantos días, hija mía, en esa juventud. ¡Qué pena me da, hija mía! También quiero que en estas vigilias se haga el Vía Crucis, hija mía, y se medite la Pasión de mi Hijo; hacedlo, hijos míos, y ofrecedlo en reparación de tantos pecados y tanto dolor como siente mi Inmaculado Corazón.
Hija mía, no os pido nada más que oración y penitencia; el mundo está al borde del precipicio, no hacen caso de mis mensajes, ¡qué dolor siente mi Corazón por esta Humanidad tan desagradecida!
Hija mía, como los
hombres no cambien, está cerca el Castigo... (Habla durante unos minutos en
un idioma desconocido). Entonces, hija mía, llegará el Castigo en estas
fechas que te he dado. Hija mía, que enmienden sus vidas, el Castigo está muy
cerca; te he dado el mes y la fecha de cuando será el Castigo, hija mía, en este
idioma; sólo es celestial. Tú lo entiendes, pero no lo revelarás, hija mía,
hasta que yo no te avise[1].
Mira, hija
mía, cómo está mi Corazón de tantos pecados como se están cometiendo
diariamente.
Besa el
suelo, hija mía, en reparación de todos los pecados... Levántate, hija mía.
Arrodíllate. Esto, hija mía, son actos de humildad por la salvación de las
almas; ¡cuántos se ríen, hija mía, de todas estas cosas! Hija mía, tú no te
avergüences, humíllate por la salvación de toda la
Humanidad.
Besa otra vez
el suelo, hija mía. ¡Cuántas almas se pueden salvar cada vez que otra alma se
humilla! Rezad el santo Rosario, hijos míos; con el santo Rosario podéis salvar
muchas almas. Acercaos a la Eucaristía, que en estas fechas os espera mi Hijo;
está muy triste y muy solo por los pecados de toda la
Humanidad.
Pedid por las
almas consagradas, ¡las amo tanto, hijos míos!, y qué mal camino llevan; muchos
arrastran montones de almas al camino de la perdición...
Mira, hija
mía, quita sólo una espina... ¡Qué pena, hija mía, qué
pena siente tu corazón de ver el mío! Pues esta pena tengo yo de ver la
ingratitud de todos los corazones
endurecidos.
Escribe otro
nombre, hija mía, en el Libro de la Vida. Besa el libro, hija mía... Ya hay otro
nombre más en el Libro de la Vida; jamás se borrará, hija
mía.
Coge el
cáliz, hija mía, bebe otras gotas del cáliz del dolor... ¡Ay, qué amargura, hija
mía!, pero es preciso sentir esta amargura para salvar muchas
almas.
Mira, hija
mía, en lo que consistirá el Aviso... (Luz Amparo llora amargamente al tener
esta visión). Parecerá, hija mía, que el mundo está envuelto en llamas;
¡pobrecito del que no esté en gracia de Dios! Haced caso, hijos míos, os estoy
dando muchos avisos. Me estoy manifestando en muchos lugares del mundo, para
poder salvar por lo menos la tercera parte de la Humanidad; no seáis ingratos,
hijos míos. Y tú, hija mía, sé humilde, la humildad es la base principal de
todo.
Os bendigo,
hijos míos, como os bendice mi Hijo, en el nombre del Padre, y del Hijo, y del
Espíritu Santo, hijos míos.
Adiós, hija
mía, adiós.
[1]
“Pero
no lo revelarás, hija mía, hasta que yo no te avise”:
forma de expresión popular en castellano; equivale a decir: “Cuando te avise,
podrás revelarlo”.